Puig
de Sant Martí-Alcúdia, prueba de la Lliga Balear de Vol Lliure.
Viento moderado del NE con rachas máximas de 38 Km./h, cielo casi
cubierto por estratocúmulos y cúmulos en diferentes capas,
el día promete.
Rafa Borràs sale el primero y en breve ya está por encima
de la primera capa de nubes, comunica que la cosa tira. Salgo el segundo
con afán de trincar enseguida y en un momento estoy en la base de
las nubes, asciendo en ellas y aparezco por encima, otra capa me espera
y entro de nuevo. Alcanzando los 650 m, noto un fuerte cabeceo del ala
y una forma nada habitual de volar ya que me veo obligado a picar excesivamente,
por un momento me asusto, pienso que la nube está más desarrollada
de lo que parecía, giro la cabeza inconscientemente y veo que se
ha abierto el paracaídas de emergencia.
Confusión, desorientación y descontrol. La brújula
enloquece. Sigo tirando fuertemente de la barra de velocidad y en pocos
segundos consigo salir al fin de la nube. Localizo mi posición enseguida
ya que me resulta una zona muy familiar, estoy a 300 m de altura, desplazado
a la derecha de la montaña, todavía al barlovento y en posición
de viento en cola. Obviamente el viento fuerte ayudado por el paracaídas
me han llevado hasta allí.
Sigo picando fuerte, si consigo pasar la cresta por el lateral de la
montaña hay un campo al que quizás pueda llegar. Es inútil,
la tasa de caída es excesiva, paso la cresta con 20 m y sin darme
cuenta ya estoy en el rotor del sotavento, lo que hace incontrolable el
vuelo; decido soltar la barra, es lo único que se me ocurre. Al
pendulear el ala por el balanceo del paracaídas, entro en el remanso
cerca del sotavento de la ladera. Estoy a 100 m del suelo, consigo pulsar
la radio y decir a Rafa lo que ha ocurrido, quien avisa a otros compañeros
que están en el despegue.
Aunque
estoy un poco más tranquilo, abajo un bosque de pinos amenaza con
comerme, no tengo tiempo más que para protegerme la cara con los
brazos y encoger un poco el cuerpo antes del impacto. Dos suaves golpes
y me encuentro cómodamente apoyado e ileso, sobre dos ramas gruesas
y sin riesgo aparente de caerme de los cerca de 7 m que me faltan hasta
el suelo. El pinar ese día no tenía más hambre. Por
si acaso ni me muevo.
Comunico por radio que estoy bien y en 20 minutos mis compañeros
me están rescatando. El ala intacta, un montante doblado y un rasguño
en el borde de ataque. Gracias por el final feliz.
Hasta aquí los hechos, mi conclusión es sencilla. Ya había
tenido dos avisos, uno después de volar al ver los pasadores del
asa de extracción hacia fuera, y otro día tras hacer un wing
over, noté que uno se había salido. Comprobé que al
picar bastante, las puntas de los velcros del vario colocado en la barra
de velocidad tiraban del asa ventral del paracas. Esto me pasó un
mes antes del accidente, sólo tenía que añadir un
pequeño velcro, algo que no me impediría localizar y tirar
del asa en caso de necesidad, o sencillamente, no poner el vario en el
centro de la barra, pero por razones que no me perdono, no hice ni una
cosa ni la otra, hasta que pasó lo que tenía que pasar.
A
pesar de llevar años volando y haber invertido para potenciar la
seguridad pasiva con buen material, veo que es un error dejar pasar dos
avisos previos por un exceso de confianza. Es importantísimo ser
cauto y usar siempre el sentido común. Ese día la suerte
estuvo de mi lado. Espero que si alguien lee este comentario aprenda algo
de él, ya que yo sí que he aprendido de otros publicados
en esta misma sección, aunque esta vez, también he tenido
que aprender de esta mala experiencia.
Jaume Martorell i Garau "Jimmy"
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